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Por Juan Pérez Torralbo

Cada vez se concede más importancia a la innovación. Pero, ¿en qué consiste? ¿qué hay detrás de una empresa, producto o servicio innovadores?. ¿Una idea brillante surgida durante unos momentos de inspiración?. En algunos casos es posible, pero ¿como implementar esa idea y hacer que sea lo más perdurable posible en el tiempo?

La mayor parte de las concepciones actuales identifican la innovación como un proceso constante que forma parte del quehacer cotidiano de la empresa, más que como una acción aislada o azarosa. Poner en marcha este proceso implica a su vez que nuestra organización tenga una cultura de la innovación.

¿En que consiste la llamada “cultura de la innovación”?, ¿como podemos saber que hemos integrado con éxito en nuestros proyectos un sistema que permita estar alerta y preparado para la innovación constante?. Una de las primeras cuestiones clave a tener en cuenta es que tenemos que perder el miedo a fallar, a equivocarnos en los cambios e innovaciones que hagamos. En ocasiones solo quien falla unas cuantas veces puede lograr un acierto y un avance.

Por otro lado, la innovación no es sólo empresarial o tecnológica. Es, sobre todo, una actitud social y personal, es atreverse a plantear que lo que existe hoy en cualquier ámbito, si no nos gusta, podemos tratar de cambiarlo. Que podemos tratar de aportar nuestras ideas adaptándolas a nuestra realidad local.

De este modo, de alguna manera también se hace necesario innovar en nuestro estilo de vida y nuestro entorno y en la forma de concebir nuestro trabajo.

Existen muchos ejemplos de regiones periféricas, pequeñas ciudades o comarcas en todo el mundo que sin tener un peso macroeconómico grande, han hecho de la cultura de la innovación su sello de calidad y se han convertido en referencia. Cantabria puede ser una de ellas y los y las jóvenes ser protagonistas y no espectadores.